Se acerca con un suave grito silencioso, algo que casi ni se percibe y de repente, igual que el despertar de un niño, la tenemos entre nosotros para que nos rasgue las entrañas y nos cure las penas con su elixir favorito, el incienso.
Entrará por casas y zaguanes egabrenses, pasará inadvertida cuando queramos darnos cuenta de su presencia y nos dejará con un espacio de ausencias que no olvidaremos nunca. Cuarenta noches nos desvelará, nos unirá bajo andas de sufrimiento, nostalgias y recuerdos en veladas de frío y sueños que se cumplirán o no este año. Y veremos como el Quinario de Humildad y Prisión, nos impondrá un silencio de muerte y resurrección al mismo tiempo en los días del inicio de un tiempo rigurosamente esperado y deseado por los egabrenses. En el horizonte velaremos por los cuidados y mimos a piezas de valor incalculable que pasan por tus manos, las mías, las de todos y las percibimos cuando las perdemos de vista en una calle cualquiera. Un intenso halo de paz interior recorrerá los cuerpos deseosos de sosiego, sencillez y oración en días que hasta el reloj se nos queda pequeño en la muñeca. Aunque hay un sábado, el primero de fechas tan intensas y esperadas, que dejo al tiempo soñar que es mi dueño y me refugio en los ojos de la Virgen del Carmen de Benlliure o abrazó como buscando auxilio las rejas del mausoleo de Termens para acariciar con mi mirada la suya y acercarme a Él en noches de obras, hechos y promesas cumplidas. El primer sábado de la entrega que nos espera, pasea por mi mente y sutilmente invade el pensamiento de querer que llegue y no llegar nunca porque se que así, pronto, sin remisión, te veré pasar entre sombras de muerte que rondan tu vida en una madrugada austera y rígida. Estamos aquí, hemos conseguido llegar, unos con más suerte que otros que han visto pasar sus sueños como un palio de Noche de Ramos que se marcha como presagio de despedida o revolución. Son miles de fragancias, sensaciones, desvelos, esperanzas, las que viviremos en los próximos cincuenta días.
Todo esto y más es lo que siento, cuando cruzo el umbral de la capilla de Termens el primer sábado de Cuaresma y veo a mi Cristo de La Expiración soñar una resurrección diaria clavado de pies y manos, pero abrazándome a cada paso y esperándome en cada caída. Es momento de sentir y esperar, es Cuaresma, es la hora de Cabra, una víspera más.